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Tribunas
Por una Europa más solidaria
Lunes, 06 de Septiembre de 2010 15:46

En el conflicto suscitado entre algunos obispos franceses y la dura política del gobierno de Nicola Sarkozy contra los gitanos rumanos, aletea uno de los grandes criterios que marcó Juan Pablo II para el futuro cristiano del viejo continente: en el capítulo III de la Exhortación Apostólica Ecclesia in Europa, del 28 de junio de 2003, indicó como meta “evangelizar la vida social”; en el Capítulo V, con el título de  Servir al Evangelio de la Esperanza, el Papa sugería el camino para alcanzar ese objetivo. Los títulos de los tres apartados (I.  El servicio de la caridad; II.  Servir al hombre en la sociedad; III.- ¡Optemos por la caridad!) denotaban claramente que ponía el acento en la importancia decisiva de la caridad, es decir, la solidaridad.


Ese espíritu, honda y radicalmente cristiano, se planteaba de modo particular en tres campos: la sociedad, la familia y el trabajo.
 

A nadie se le oculta el fenómeno subrayado por algunos sociólogos norteamericanos a mitad del siglo XX: el incremento de la soledad en una sociedad cada vez más masificada. Por paradoja, el progreso científico y económico caminó más hacia el individualismo que hacia la solidaridad. De modo semejante, décadas después, el avance de la globalización despertó los impulsos nacionalistas. Un caso reciente, que acabo de leer cuando escribo estás líneas, lo sintetiza el comentario de Laurette Onkelinx, vicepresidenta del gobierno de Bélgica en una entrevista publicada por el diario 'La Dernière Heure': “donc, oui, il faut se préparer à la fin de la Belgique”.


Sin entrar en valoraciones políticas concretas, ni en las razones del secesionismo flamenco, que tiene sorprendentemente un impulso más bien confesional, lo cierto es que la sociedad europea tiene déficit de solidaridad. No se colma en la práctica con el incremento del voluntariado, en gran medida de origen cristiano, que viene a concretar tantas manifestaciones prácticas del indispensable amor preferencial a los pobres. Como afirmaba Juan Pablo II, “amarlos y mostrarles que son los predilectos de Dios, significa reconocer que las personas valen por sí mismas, cualesquiera que sean sus condiciones económicas, culturales o sociales en que se encuentren, ayudándolas a valorar sus propias capacidades”.


En otro orden de cosas, sin una mentalidad solidaria será muy difícil encauzar el grave problema del desempleo, que era ya en 2003 “una grave plaga social en muchas naciones de Europa”. Desde entonces, ha crecido en unión con los temas derivados de los flujos migratorios. Interpelan la conciencia de los creyentes, para construir una “comunidad solidaria en la esperanza, no sometida exclusivamente a las leyes del mercado, sino decididamente preocupada por salvaguardar también la dignidad del hombre en las relaciones económicas y sociales”.


Además –y Juan Pablo II lo desarrollaba con detalle–, este servicio al hombre en la sociedad exige recordar la verdad sobre el matrimonio y la familia, insistiendo en que hay que entender la familia como íntima comunión de vida y amor, abierta a la procreación de nuevas personas. En el nuevo milenio no puede decirse que se hayan producido avances, ni en la praxis ni en las legislaciones. Tras el uso de la expresión familias en plural se cela una infinidad de dramas personales, compatibles con la nostalgia no siempre explícita de la auténtica familia. ¿Cómo olvidar el grito de Juan Pablo II en 1982 en la Plaza de Lima de Madrid? Ha de ser otra gran meta para el trabajo habitual de los creyentes.
 

Solidaridad, en fin, en las relaciones laborales, más allá de la manoseada reforma jurídica en nuestro país, o de los proyectos sobre jubilación y pensiones que se debaten también en Gran Bretaña, Francia o Italia, como cara externa y grave de la crisis del Estado del bienestar, en gran medida derivada del invierno demográfico. Para este, como para tantos otros temas, la doctrina social de la Iglesia propone principios de reflexión, extrae criterios de juicio, ofrece orientaciones para la acción. Pero, al cabo, las decisiones legislativas, sindicales y empresariales son muy técnicas, y están abiertas a diversas soluciones. Lo que no puede hacer un cristiano es actuar como si el trabajo fuese una mercancía llamada “recursos humanos”.


Salvador Bernal

 
Stephen Hawking no es Dios
Lunes, 06 de Septiembre de 2010 15:40

La de Stephen Hawking se ha convertido en una de las voces más escuchadas en este mundo nuestro. Sus opiniones recorren el planeta de punta a punta.


Dicen, quienes saben de ello, que se trata, sin duda, de un científico apreciable, aunque quizá encumbrado por encima de lo que merecería, en comparación con los trabajos e investigaciones de otros colegas mucho menos conocidos y mediáticos.


Y se afirma también, aquí con mayor certidumbre, que cuando, desde la ciencia, ha querido penetrar en los análisis filosóficos, Hawking ha desbarrado soberanamente. Simplemente porque no sabe filosofía: no domina los fundamentos mínimos de esa ciencia.


Acaba de terminar un nuevo libro, que está a punto de salir a las librerías, en el que expone esta conclusión: “Dios no pudo crear el Universo”.


Afirma que la física moderna excluye la posibilidad de que Dios crease el universo. Que, igual que el darwinismo eliminó la necesidad de un creador en el campo de la biología, el conocido astrofísico las nuevas teorías científicas hacen redundante el papel de un creador del universo.


Concluye, en fin, que el Big Bang, la gran explosión en el origen del mundo, fue consecuencia inevitable de las leyes de la física.


A mí, únicamente desde el punto de vista del sentido común básico, se me ocurre una pregunta: ¿Y de dónde surgen esas leyes de la física? Si existen leyes (que existen), ¿quién las puso?


Pienso que la opinión de que el mundo nació por una causalidad exige un acto de fe al menos tan fuerte como la convicción de que lo creó un ser superior. Por otro lado, ¿antes de que ocurriera la causalidad había algo?


Pararse a contemplar este mundo nuestro con un poquito de calma nos descubre una realidad tan rica, tan hermosa, tan completa, tan variada y hermosa, que es sencillo concluir que sólo puede ser la creación de un Dios.


En cualquier caso, resulta bastante evidente que Stephen Hawking no es Dios, sino sólo un ser humano. Tan limitado como cualquier otro ser humano. También en sus conclusiones.


José Apezarena

 
Dominicos
Lunes, 06 de Septiembre de 2010 01:00

Aún recuerdo cuando nuestro querido don José Ignacio Tellechea, en aquellas memorables noches del Colegio Hispano en Salamanca, nos hablaba de la finura de los dominicos franceses –elegantes, cultos, políglotas, viajados-, de su historia, de sus grandes obras de pensamiento, de teología, de espiritualidad. Y lo hacía muy cerca de uno de los conventos insignia de la Orden de Predicadores en España, el monumental San Esteban, que, por aquel entonces, albergaba una Facultad de Teología alternativa a la de la Conferencia Episcopal, aunque algunos de sus profesores fueran complementarios. En la juvenil tertulia participábamos muchos que admirábamos especialmente a los dominicos y que teníamos no pocos profesores y maestros dominicos. Cómo no recordar al P. Juan Luís Acebal. Pasado el tiempo, pongamos por caso, el ejemplo de ese perfil de dominico francés lo encontramos hoy en el Secretario de la Congregación para la Educación Católica, monseñor Jean-Louis Brugués. Don José Ignacio estaría completamente de acuerdo.


Difícilmente se entenderá la historia de la Iglesia sin la referencia a Santo Domingo de Guzmán y a los suyos. En el Capítulo General que se está celebrando en Roma han elegido al P. Bruno Cadoré, O.P., Provincial de Francia, nuevo Maestro General. De la biografía del nuevo Maestro destaca su experiencia misionera, dato que le une al Prepósito General de la Compañía de Jesús. En España, se está siguiendo el desarrollo del Capítulo gracias a los blogs de dos de los definidores y de algunos de los dominicos que están ayudando en la intendencia. Ocurrió ya en la Congregación General de los Jesuitas; eran más interesantes los blogs de los allí presentes que las crónicas oficiales.


Leo en uno de los blogs, en la entrada de la Víspera de la elección, lo que sigue: “Secretos de familia. De una familia bien avenida. Hoy he escuchado esta definición de los dominicos: “un grupo de hombres que están desunidos por el mismo ideal”. Tómenlo con humor. Interpreto: un grupo de varones, que teniendo un mismo ideal, una misma pasión, la de la predicación, se sienten libres bajo la gracia y respetan y potencian la personalidad y las cualidades de cada uno”.
 

José Francisco Serrano Oceja

 
Noticias que dan que hablar
Jueves, 02 de Septiembre de 2010 07:05

La serie periodística sobre los hospitales catalanes Sant Pau, de Barcelona, y Hospital General de Granollers, de Tarrasa, está siendo muy comentada en el interior de la Iglesia en España. Los comunicados del obispado de Tarrasa primero, y del Cabildo de Barcelona después, han intentado aclarar la cuestión de la responsabilidad de los representantes institucionales de la Iglesia en los patronatos de instituciones en las que, supuestamente, se practican abortos o se dispensa la píldora abortiva. La clara y nítida condena del aborto por parte de los obispos respectivos, reiterada, sistemática, repetida, ha quedado oscurecida por un hecho complejo que indica mucho más que una nueva situación de la Iglesia en la sociedad actual. El tiempo y el silencio siempre han jugado en contra ante este tipo de noticias.


Pero lo que ha suscitado tanto o más comentarios es el hecho de que haya sido el diario ABC, que en su ideario confiesa defender el humanismo cristiano, el que haya tomado la iniciativa de sacar adelante esta serie, en un momento especialmente delicado para la archidiócesis de Barcelona, que se prepara para la visita del Papa.

 

Puede que haya inaugurado un nuevo estilo profético de información de denuncia en orden a la purificación en la Iglesia. La atribución de sus fuentes son dos organizaciones beneméritas; médicos cristianos de Cataluña y el Foro de la Familia, que no ofrecen duda doctrinal alguna. Cuando el obispado de Tarrasa dice en su comunicado que “se está a la espera” de las órdenes sobre la cuestión, lo que nos podemos preguntar es si estas noticias contribuyen a que se tomen las decisiones al respecto más pronto o más tarde.


Lo propio del hombre es preguntarse por las causas, el sentido, la finalidad, los intereses. Lo que puede ser una mera información que, en sí misma, está demandado una coherencia entre lo que se afirma y lo que se hace, o lo que se permite que se haga, se está convirtiendo en un caso de innumerables rumores que van desde que nos encontramos ante una respuesta de un grupo de comunicación frente a la nueva situación de la COPE, hasta el aprovechamiento de ciertos sectores intraeclesiales para no perder la oportunidad de tirar piedras contra el que es, al fin y al cabo, su propio tejado. Para campañas orquestadas contra la Iglesia por la nueva COPE tendremos que esperar bien poco. Veremos cómo un grupo de medios que tiene mucha prisa, y que últimamente está muy preocupado por la disidencia católica europea sobre el tema del aborto y con un magistrado del Contitucional que es más libre que los que se confiesan independientes y libres, con sus compinches y comilitones de lazo y mantel, se lanzará con otra serie de noticias en la que pretende, nada más y nada menos, que aplastar el hierro forjado de la fe de la Iglesia con el martillo del escándalo.


Esta noticia de los hospitales es una noticia con nombres, en el fondo y en la superficie. No me voy a referir a ellos, están en todos los textos. Lo que sería inaceptable, ante la pasividad informativa de los que tienen la responsabilidad de anticiparse –una buena previsión de información de crisis vale más que cien comunicados-, es que esta serie de noticias formara parte de un estado comunicativo previo a la visita del Papa que mantuviera Cataluña al socaire de los vientos más gélidos de la historia.


José Francisco Serrano Oceja   

 
Juicios eclesiásticos sobre cuestiones temporales
Lunes, 30 de Agosto de 2010 20:06

Casi nadie podía esperar una reacción tan fuerte contra las intervenciones de los obispos franceses ante las decisiones del gobierno de Sarkozy sobre la expulsión de gitanos de Rumania. Menos aún, al menos por mi parte, la descalificación de Benedicto XVI que hizo Alain Minc, a quien siempre tuve por hombre moderado.
 

Pero lo cierto es que no supo digerir el comentario del Papa en la audiencia del domingo 22. Sus palabras no podían ser más prudentes y a la vez claras, en cuanto recordaba viejos principios de la doctrina social católica. Pero quizá no contaba con que el problema de la expulsión de los “roms” en Francia estaba alcanzando cotas de visceralidad impropias de una nación siempre caracterizada por su racionalidad. Tal vez se está imponiendo, en este caso como en otros, a falta de racionalidad, un laicismo insuficientemente fundamentado.
 

Antes de entrar en la reacción global, medida por un sondeo encargado y publicado por el diario La Croix, me detendré en el caso de Minc. Su descalificación del Papa enlaza con el más puro y duro racismo, que es justamente la cuestión que está en juego en estos momentos. No se puede negar a Benedicto XVI la capacidad de hablar sobre un problema porque sea alemán y, por tanto, "heredero" de una historia en la que ocupa un rango excepcional el nazismo. El Pontífice, en sus audiencias generales a la hora del ángelus, dirige siempre algunos mensajes en diversas lenguas. El domingo 22 invitaba a los peregrinos franceses a “saber acoger las legítimas diversidades humanes, siguiendo el ejemplo de Jesús, que vino a unir a hombres de todas las naciones y de todas las lenguas". No era difícil enlazar ese consejo con el de los obispos galos que denunciaba las expulsiones masivas de “roms”. Para Alain Minc resultaba escandaloso que un papa alemán se expresase de esa manera, y además en lengua francesa. Se lo habría tolerado a su predecesor, Juan Palo II, pero no a él, en cuanto heredero del régimen  nazi. Asombroso.
 

Como es natural, Alain Minc ha sido fuertemente criticado por esta superficial toma de postura, y personas conspicuas le han pedido expresamente que rectifique. Pero no será fácil, porque esta cuestión se ha teñido de un exceso de visceralidad, que incluye el rechazo de la intervención eclesiástica.
 

De hecho, el 53% de los franceses opina que la Jerarquía no está en su papel hablando de este tema. Así lo refleja un sondeo CSA, que puede consultarse en las páginas de La Croix.

 

El rechazo alcanza al 54% de los encuestados que se declaran católicos,  aunque baja al 40% entre los que se definen como practicantes. Como suele suceder en estos casos, las opiniones varían según la sensibilidad política de los interrogados: entre los simpatizantes de la izquierda, el 55% juzga favorablemente la intervención de la Jerarquía, mientras que entre los partidarios de la derecha está solo en el 32%.
 

Se entiende la diferencia, porque en temas de solidaridad y derechos humanos existe proximidad entre cristianos y socialistas, especialmente desde que éstos abandonaron el ateísmo marxista y el mito de la propiedad pública de los medios de producción. Así lo hizo el SPD alemán en el famoso congreso  de Bad Godesberg de 1959. Y muchos recuerdan la dimisión provisional de Felipe González diez años después en otro importante congreso del PSOE.
 

Los datos de esa encuesta de opinión son interesantes, porque los últimos sondeos sobre la actitud política de los católicos franceses mostraban que seguían estando a favor de posiciones de derecha, y no apoyaban mayoritariamente al MoDem, partido de centro dirigido por un católico practicante tan serio y responsable como François Bayrou. De hecho, en esa encuesta de 2010, coincidía la intención de voto entre izquierda y derecha de los católicos ocasionales (42%), aunque los practicantes estaban más a la derecha (55% contra 33%). 
 

Pero el tema de hoy es la oportunidad de tanta intervención episcopal en asuntos temporales, sólo indirectamente relacionados con la salus animarum. Recuerda la doctrina del poder indirecto, arrumbada por el Concilio Vaticano II. Para mí, existe el riesgo de que no contribuya a la formación de los laicos, que son los responsables. Por ejemplo, siento pena cuando veo que gente de cierto nivel sigue sin conocer el Compendio de la doctrina social de la Iglesia, del Pontificio Consejo Justicia y Paz, de 2005, que tanto puede ayudar a formarse criterios con libertad.


Salvador Bernal

 
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